sábado, 14 de octubre de 2017

Obras que entran a concurso en #membrillotipográfico2017



1. David Lóbez

Lo quiero mucho,
es obvio.
Joder, si lo es.


2. Miguel Infante

Cataluña quiere la independencia. La reacción del gobierno, ya tal

3. Diego Urbano Mármol 







4. Elena FV



5. Mari Carmen Jiménez Morales




 6. Fernando Tester 




7. Mariete G. Grijander



8. David Lóbez
El premio para
Lóbez, sí,
ninguna duda.

9. Rosa Millán



10. David Lóbez

No leí jamás
a Machen.
Quiero un cartel.


11. Fernando Tester




12. Fernando Tester



13, 14, 15 y 16. David Lóbez

Se hallaba la habitación en violento desorden, rotos los muebles y diseminados en todas direcciones. No quedaba más lecho que la armadura de una cama, cuyas partes habían sido arrancadas y tiradas por el suelo... 

17 y 18. Fernando Tester

19. Miguel Kata

A mi mame, que se cree que conozco a Poe, Orwell y Conan sin ser bárbaro. Pudiendo, con un tupper alimentarlo, literariamente voy a intentarlo.

20. Fernando Tester


21. Fernando Tester



22. Fernando Tester


23. NoeLia Mota

Desnúdese. Ponga su ropa en aquel estante. Sitúese en el extractor. Puede apoyarse contra los azulejos, si así lo desea. Tome con suavidad su pene, comience a mover rítmicamente su mano alrededor de él. Un, dos, tres, un, dos, tres, como en un vals. Pare. Vuelva a comenzar. Hágalo de nuevo, aumentando el ritmo. Note cómo crece, cómo se hincha. Escuche mi voz. Es tibia. Hágalo de nuevo. Más rápido. Córrase. Hágalo en el extractor. Gracias a usted contamos con 250.000.000 de nuevas vidas viables. Desecharemos los que produzcan sujetos masculinos. Puede despedirse mirando hacia la cámara. La Hermana le agradece su colaboración.

Enciendan el horno.

24. Enrique Barragán Travé 


25. María Barrachina



26. Ignacio Jardín

Y las tinieblas, y la corrupción, y la Muerte Roja lo dominaron todo.
Acercó un poco más la lámpara y lo volvió a leer. Le pareció un buen final. Satisfecho, se sirvió un Oporto y se dispuso a esperar. Era ya madrugada cuando por fin escuchó a su vecino subiendo las escaleras, tambaleándose, mascullando la borrachera. Esperó a que llegara al rellano y abrió la puerta. Lo miró, vio su traje negro y sus ojos perdidos y sintió, como siempre, desprecio. Compasión también. Le entregó las hojas y cerró la puerta.

27. Ana María Moreno Rodriguez




martes, 1 de agosto de 2017

De vuelta (la segunda venida)


Cada vez que veo el verde en el que esto está escrito, de forma pavloviana, como casi sin querer, mis neuronas salivan una corriente que cruza loca mis menguantes brazos, terminando en el abismo de mis uñas comidas. Estos días, esta sensación se une a mi mono, mi maldito mono de Trankimazin, que tanto está removiendo, aquí y allá, y que goza, sin mesura y con regocijo, en este verano que arde, ahora menos en la oración. Las yemas rozan el teclado y un hormigueo —ya no metafórico— inunda el pellejo de los apéndices con sus reminiscencias de muñón, de órgano vestigial antiguo, de cola en humano del mono ese que ronda. Como podrán comprobar los que me leen desde las dársenas del tiempo, poco ha cambiado mi prosa por aquí, aunque este año haya sido, sin duda, el más revolucionario desde ni me acuerdo —quizá desde la primera intentona y consiguiente creación de mi burbuja—. Todo se queda en la apariencia… en mi apariencia. Aparezco más ligero de lorzas, mas lo de veras importante es que han desaparecido casi todas las zozobras y demonios. Ansiedad, depresión, distorsión y otros diablos cojuelos están aún muy vigentes, más por comparación que por presencia, por recuerdo de los días pasados en constante inquietud. Hoy, quieto, me percibo nítido y sapiente, robótico en mi encrucijada, con apenas sentimientos más allá de lo que alcanza la vista y tratando de no repetir, de no repetirme. Lo consigo en la vida, no en este escrito que como eterno retorno vuelve a los giros pomposos de eso que llaman estilo y que yo bautizaría —con sudor estival— como vómito negro sobre verde, raudal de tontería que me lo puedo permitir y grado de libertad de mi queja metida en cintura. Críptico a veces, bobalicón casi siempre, y endeble coraza —ya no tanto—, son los dones impertérritos que esta intentona depara. No sé qué esperarían ustedes tras esta retirada de meses —lejano octubre pasado—, pero he estado ocupado, y ahora que percibo asueto, me he decidido a darle gusto a los impulsos y hacer que el dedo que da en la tecla proceda sin tener beneficio, por el mero arte menor del blogueo y llenar huecos. Me repito, lo sé. Tampoco es tan grave, ya que no se puede condensar aquí y ahora los trabajos y las horas, los esfuerzos y fantasmas que han poblado esta aventura, terrible, lúcida, errática.
Los que me han ayudado lo saben, no es preciso mentarlos, porque cualquier chuminada escrita aquí se queda corta en cortesía. A los que no me han obstaculizado el paso, gracias. A los que por pasiva (siempre), desconocedores de cómo actuar para conmigo, han puesto algunas pruebas en el desafío, aún más agradecido, pues la reformulación constante, el permanente escrutinio del cerebro ha sido el verdadero motor de cambio. Y si nos ponemos así, al que me ha dado más por saco, infinitas gracias —pues— a mí mismo, maestro del sabotaje no consciente, petimetre que has dado más trabajo de la cuenta, pero al final vencedor por puntos, pero con su cinturón puesto en juego para revalidar el título cada día. Ese desdoblamiento, ya apenas percibido, es la agonía de las enfermedades mentales. Al principio amalgama alquímica, después Jeckyll y Hyde, three stooges más tarde y ahora Mameluco uno y trino, el bueno, el feo y el malo, I me mine de mi camino. Pronto hará un año —si es que no hacía tope ya hace más— de mi determinación por pasarlo menos mal. Un periodo provechoso, difícil, de happy end inacabado aún, pero con determinación a salir de una vez por todas. Aún falta, lo sé, pero es irrelevante. Aunque me muera mañana no me podré quejar de no haberlo intentado.


Al fin.

No sé si pronto más.
Siempre me podrán buscar por la línea de sombra .

sábado, 29 de abril de 2017

Los Miserables de la Rue Morgue (Pastiche en una explicación y dos partes)

Pastiche. (Del fr. pastiche). 


1. m. Imitación o plagio que consiste en tomar determinados elementos característicos de la obra de un artista y combinarlos, de forma que den la impresión de ser una creación independiente. 

Pues hace ya algún año que otro, un amigo, con el que las charlas sobre libros y la vida se hacían interminables y apasionantes, tuvo la idea de hacer pastiches con grandes clásicos de la literatura. De entre unas cuantas propuestas al tún-tún elegí la mezcolanza de “Los crímenes de la rue Morgue” de Poe y “Los Miserables” de Víctor Hugo, ya que si se sustituía el crimen por el robo de Jean ValJean, Dupin colaboraba con Javert para encontrar al robapanes, podría tener un sugerente efecto cómico. De él fue la idea, él la publicó en su día en su blog y a él se lo dedico con qfecto anarcoburgués. 

A Ramón Rodríguez Carrero,con gratitud...


Parte I. Por una barra de pan 

SIN DUDA EN LOS DÍAS que corren llenos de prodigios tecnológicos como la máquina de vapor o la comida enlatada, las capacidades analíticas son consideradas por el hombre corriente como simples ideas para mover enormes bultos o conservar un morro de cerdo en salsa de cebollas, pero la razón y el análisis de los hechos pormenorizados llevan a cierto tipo de individuo especial a llegar a conclusiones que la mayoría de nosotros consideraría preternaturales. Lo que para un simple paseante despistado puede ser una simple hoja caer de un árbol, para un avezado observador puede ser lo que le conduzca a las siete ciudades perdidas de Cibola. 

En una calle normal de la capital francesa en el año de 18.. se dio la extraña coincidencia de algunas cosas bastante raras. Mi amigo Monsieur C. Auguste Dupin, era uno de esos hombres con las extraordinarias características que les he narrado antes. Tenía extrañas costumbres, y sólo salía de noche. Yo le acompañaba porque me agradaba su compañía, pues yo me condescendía de sus muchas bizarreries. He decir que yo soy una bestia parda, que bebo, fumo opio, me peleo y me huele el aliento, cosas que parecían no importar a mi inteligente amigo, porque (entre ustedes y yo) Dupin estaba siempre tan ensimismado factorizando la realidad, que no se daba cuenta de nada de lo que no quería darse cuenta. 

Un día, dábamos un paseo, y nos encontramos a un policía llamado Javert. Mi amigo, afectuoso aunque distante, se puso un guante y le dio la mano. Nos contó el caso de un execrable crimen, una canallada tal que haría vomitar al propio Atila, el Huno, y a toda la pléyade de corrompidos y sanguinarios emperadores de la Roma más decadente. Un insufrible ejemplo de la denigración más execrable de la condición humana. Había ocurrido a unas manzanas de allí, en el mismo París, en una calle llamada, para más inri, Morgue
Alguien había robado... ¡una hogaza de pan! 
El inspector Javert estaba lívido por la cólera. 

Había oído hablar de él en los más selectos lupanares de Pigalle. Era un ser de una aptitud recta, inflexible con la ley. Era su religión. Y a un desalmado se le había ocurrido robar un pan de canto, calentito, recién hecho, de un escaparate de la rue Morgue. Tal monstruo se paseaba tan campante por las mismas calles en las que las amas de cría pasean a los niños. 

Al contrario que Dupin, Javert sólo se fijaba en la ley: quien lo hubiera hecho era el más ruín de los hombres. Auguste, sin embargo, le indicó que le guiara al lugar para echar un vistazo. Se lo echó y nos retiramos, no sin antes mandar un mensajero para el periódico y quedar para el día siguiente con Javert. Sólo quería montar el intrincado puzzle de la desaparición de la hogaza en su cabeza. A Dupin la culpabilidad era sólo la cuestión secundaria de la resolución de la ecuación. Ya no había nada más que hacer. Solos, él y yo, en su antaño lujosa casa de Montmartre. Era lujosa cuando yo me instalé y pronto dejó de serlo, porque poco a poco fui empeñando todo para gastarlo a mi gusto. Si le ponía pasatiempos complicados podía tirarse horas y horas deleitándose en la observación de paradojas sin aparente respuesta. Un día que buscaba su paraguas se dio cuanta de la cantidad de cosas que faltaban. Su única respuesta fue: "no deberías ir a esa casa de empeño. Conozco una que da más dinero" y me dio una tarjeta con una dirección escrita. Tenía razón. Con perspicacia, mi navaja y alguna amenaza, conseguí más de lo que me daban antes. Estoy seguro que tan rápido lo dijo, lo olvidó. Auguste Dupin era raro, ya lo he dicho antes. Y odio repetirme. 

Parte II: Fiambre y candelabros

La mañana melancólica amaneció con los últimos rescoldos de la chimenea aún humeantes y los ojos de mi amigo con los ojos fijos en las cortinas de terciopelo negras aún corridas. Me dolía la cabeza ligeramente debido a las dos botellas de absenta que había bebido durante el proceso deductivo de mi amigo y benefactor. Llegó Javert que trajo croissants. Preparé café en un samovar estilo ruso que teníamos de un viaje del anterior dueño de la casa a la Rusia de los zares. Un poco después sonó de nuevo la campana, y Dupin dijo tranquilamente: "aquí tenemos a nuestro miserable".

Un hombre pobre como las ratas entró a la habitación y con la cara más mugrienta que la pocilga de un cerdo normando. Fuere recibido con la misma tranquilidad con un: "Jean Valjean supongo?" por el pertinaz inquisidor. Jean miraba y remiraba. ¿Cómo le podía pasar eso a él? ¿Cómo sabían su nombre en aquella casa?.

Dupin continuó: "Deje el pan encima de esa mesa y siéntese. Por supuesto no habrá ningún pavo trufado para usted hoy, sino la cárcel y la ignominia más absoluta. Lo podría haber buscado yo mismo, pero no me quería ensuciar los zapatos pateándome las asquerosas calles donde pululan los de su condición. Por eso puse en el periódico el anuncio de que se cambiaba una hogaza apenas mordida por un pavo trufado. Sabía que llegaría a sus oídos y se delataría a sí mismo. Usted vive en la rue Madelon entre un barril y un puesto de desperdicios de frutas".

Todos miraron estupefactos: "En la tahona que robó el pan dejó una fibra de su camisa. Su camisa sólo se fabrica por las camiseras de Brie, donde se hacen los quesos, de donde es usted originario, ¿verdad? Pero ¿dónde buscar? Este es uno de los Miserables, uno de los muchos miserables de París. Mentalmente esquematicé en mapa de París en mi cabeza y la dividí en sectores. Los paisanos de su ralea están siempre o en las orillas del Sena, a la altura de Pont Neuf, o en la rue Madelon. Percibí en la escena del crimen que cometió un leve olor a chirimoya y a naranjas, por lo que me llevó al mercado de sobras de la Madelon. Se puede deducir que los Rigodon y los Tellier, compatriotas suyos, no se dedican sino al tráfico de cadáveres o a los casinos ilegales, y los que me faltan son los Moncherris, que se dedican al proxenetismo y los Galoisses, que son extorsionadores de tiendas. Sólo me queda usted, el Valjean, el único honrado entre comillas, que sin oficio conocido, y por el hambre consiguiente, y para dar de comer a unos niños y a usted mismo, robó la hogaza de la tahona. Lo de los niños lo deduzco ahora, por los pequeños mordiscos que veo en la hogaza. Y que usted ha comido pan es evidente, pues le veo un bulto en el buche que parece que se ha tragado una piedra."

"¿Entonces no hay pavo trufado?" acertó a pronunciar Valjean. No tuve más remedio que responder que era un imbécil. Nos contó una historia llena de penalidades y pobreza, de dolor y cosas malas. En el fondo nos dio lástima el hombre. Bueno, me dio lástima a mí, porque a Javert la ira le salía por las orejas, y Dupin ya estaba obnubilado con otro de sus insondables misterios con la mirada fijada en una araña que tejía una tela en un rincón polvoriento de la habitación.

Antes de salir, Dupin le dijo a Valjean:

"Usted será alguien importante algún día, cuando se haya arrepentido de su terrible crimen. Y tenga cuidado con éste (dijo señalando al inspector Javert) que es muy cabezón y no pasa una. Eso sí, si alguien le ayuda no le robe. Por eso le rogaría que dejara ese portavelas en su sitio, alma de cántaro, que le estoy dando un consejo y yo no suelo hacerlo". Yo lo miraba con ojos aviesos, mi pena por él se había ido de repente. No quería competencia; yo podría empeñar ese candelabro por al menos 30 francos. Le dije antes de irse a Javert que no se fiara de ese tipo, que le traería problemas en el futuro. Como de hecho parece que así fue y llegó a ser alcalde de un pueblo, menos mal que Javert, gracias a mí, lo mantuvo a raya. Yo volví a mi vida placentera de esquilmación sistemática de Monsieur C. Auguste Dupin, y a ayudarle a sus casos como detective aficionado y a sus paseos lúgubres por la noche más misteriosa del Paris decimonónico. Y así hasta ahora.

Los secretos insondables de la mente son una como una flor abierta con el sol de la mañana cuando el proceso seguido es explicado paso a paso. Pierde hasta su mágica gracia, hasta su subyugador magnetismo. Pero las cosas fueron así y así es como este humilde servidor, si no muy honrado en cuanto a poses10nes ajenas, si lo es en cuanto a lo acontecido.

viernes, 14 de octubre de 2016

Equidistancia





De equis, empate y de distancia, distancia. Que te de igual lo uno que lo otro con respecto a dos opiniones contrapuestas. (Irreal Diccionario Mameluco de la Lengua Española).

Llamadme loco, pero hay algunas cosas en este mundo nuestro que me la traen al fresco. Bueno, a todo el mundo le pasa, sí. Después hay otras, volved a llamarme chalado, que me traen al fresco, pero sin embargo, me dan rabia. Otro tanto de lo mismo. Os pasa a vosotros también. Pero el matiz es que casi todo lo que me da rabia tiene un extremo opuesto, y me da una rabia parecida, sino igual o mayor. A lo mejor me gano enemigos con este post, pero me da igual. Espero que sean gente de altura, porque las personas humanas somos algo si tenemos antagonistas de tronío. Hasta ahora en mi vida no ha pasado, ojo, pues todos con los que he tarifado por una cosa o por otra, o son amigos, o si no lo son, y hemos roto los trastos, son unos mindundis mentecatos. Eso dice bien poco bueno de mí, pero es lo que hay.

Al primero que oír hablar algo parecido en mi juventud a una equidistancia, o un hartazgo similar fue a El Drogas, del grupo Barricada. Nunca me ha gustado tal conjunto pamplonica, pero un día le preguntaron por el “problema vasco” cuando yo casualmente escuchaba, y dijo que él no estaba ni con unos ni con otros. Ese día no lo comprendí muy bien, pero con el paso del tiempo, y cuando mi concepción real de independencia echó raíces en mi cerebro lo entendí. Lo que parece ser una evasiva en realidad es un planteamiento yo no digo ni más valiente ni más acertado que otros, pero sí es una verdad. No estar de parte de nadie en cualquier conflicto. Concretamente en ese momento a mí ese problema —el vasco— no me interesaba demasiado (no tenía una opinión formada) y siguió siendo así hasta el día de hoy, que le puedo poner peros a muchas cosas en ese asunto en ambos bandos. Porque yo nunca pertenecí a un bando ¿me entienden? Aunque quisieran hacerme partícipe de uno de ellos por activa y por pasiva, y durante mi primera juventud lo creyese. Yo puedo tener empatía por las personas, no por las corrientes; dicho esto es fácil determinar que no apruebo el sufrimiento de inocentes en ninguna circunstancia.


Hoy me suele pasar mucho con las escasas noticias relacionadas con la política española. Ambos espectros me dan repelús. Un no fiarme nada de nada de lo que diga nadie en nombre de nadie. Yo, aunque no quiera, soy pueblo. Si, formo parte de las Españas, tengo D.N.I., y estoy afiliado a la S.S. en concepto de autónomo —traducido al inglés the last shit—. Formo parte de algo porque así lo determinan unas leyes que yo no hice ni hice que hiciesen, valga la redundancia. Pero me muestro equidistante. Mis simpatías van por otros lados, más que por afinidad por esa eterna búsqueda de cambiar de tercio que tienen las ideologías minoritarias y peregrinas. O sea, siempre al lado de los eternos perdedores. Hay gente que lleva tanto tiempo perdiendo, que ven en eso una victoria. Esa gente cuenta con mi simpatía —aunque algunas veces me repugnen lo que prodiguen—. Los que pueden acercar las manos a las sardinas en las ascuas sino ya a coger la sartén por el mango, sólo me ofrecen desconfianza y hartazgo. Los que dicen ser diferentes pero son iguales en todo me dan una rabia inusitada, porque veo que buenas personas los creen. 

Soy pues equidistante a bastantes cosas. Enfrentamientos futboleros que parecen que son decisivos en la vida del país, listas de mejores o peores películas y todas esas mamarrachadas de poner nota a las cosas. Como a mí me han examinado tantas veces, eso de poner estrellitas, numeritos o tantos por ciento de tomates podridos me la trae al pairo. Los temas que más me angustian, que son más presentes en mi vida hoy por hoy pueden parecer nimios, pero no lo son. Soy equidistante a los protaurinos y al PACMA. No haré nunca nada activo —activo como actividad, yo soy más bien pasivoagresivo en mis formas a la hora de tratar ciertos temas— en contra de ninguna de las dos ideas contrapuestas, porque encuentro ambas posturas sin ningún sentido. Es una opinión personal, claro, como todo lo que escribo aquí, pero entre los unos que son cerriles castizos y los otros que te meten en el mismo saco que los anteriores si no piensas como ellos, no sé con cual quedarme. Con ninguno, obviamente. Después hay grados, como en todo. Yo tengo amigos en los dos espectros. Pero me siendo cómodo siendo un omnívoro que adora a los animales. Hoy he subido una foto al Instagram de un perol de alitas de pollo que nos ha hecho el hermano David hoy por jueves. Alguien ha comentado: pobres pollos… Como es una persona que no conozco demasiado y —sobre todo— no me conoce, no he querido hacer una montaña de un grano de arena. Yo hago eso con frecuencia. Pero queriendo, no os creáis. No admito en mi casa, en mis muros, en mi blog, a gente que quiera enmendarme la plana. Que no estén de acuerdo conmigo hay muchos, y los quiero mucho a algunos. Pero si me conocen sabe dónde está mi límite. Es aquí donde acaba mi equidistancia, y paso a ser asimétrico. Todas las relaciones humanas son asimétricas. Uno da más que el otro cede y viceversa siempre. Conozco pocos casos donde haya total equidad en comportamientos. No. Somos más o menos tolerantes dependiendo de quién se trate, por el simple hecho de que hay implicaciones emotivas de diversa índole. En el tú a tú no puedo ser equidistante, porque en el tú a tú o te mandaré a paseo o te daré un abrazo —ya sea virtual o físico—, dependiendo de quien venga. Y claro, no hay objetividad posible en eso. Sólo en lo que te pilla fuera de la cueva. Sólo lo que no traspasa tu cubil, porque cuando ya uno se deja llevar por otras cosas, las opiniones son lo de menos. Importan más otras cosas. Y es por eso que soy el intolerante más tolerante que conozco. Puedo llegar a ser muy frío con las cosas que las veo lejanas, pero no permanecer impasible a las personas que aprecio. En esa dualidad ando siempre, esquizofrénico perdido, entre mi ermitañez revenida y mi mente de niño que ama sin ninguna condición.

En fin. La vida esta.


Postscript: temas en los que nunca seré equidistante. Eurasia (x) vs Occidente. Norkorea. Los Beatles. Bud Spencer y Terence Hill. El terror cósmico. Sherlock Holmes. Las películas del oeste. Las películas de kungfu. Mis amistades reales o virtuales —para mí son la misma cosa—. Darwin. Playa o montaña (x). Los cantautores que cantan en español. Etc…



sábado, 1 de octubre de 2016

Porosidad

El vacío. Ayer por la noche pensaba en ello —lo noté—, y como podía articularlo en escrito.


No, no me refiero a ese vacío interestelar, donde el ruido no se transmite, y los átomos son tan escasos y lejanos entre sí que no hay nada. La nada, fría, enorme, ocupa casi todo. Bueno, está eso que se llama materia oscura, que no sabemos lo qué es. Y yo menos, claro. Pero es lo mismo ahora.

En el lejano verano del 2003, entre sudores, música clásica y estudio en mi casa del campo, me dediqué a rellenar unos cuadernos ya amarilleados con tinta china. Era una especie de diario, pero había también dibujos —una radio, un actimel, un reloj, un tintero de indian ink y otros cacharros que me rodeaban— y por primera vez en mi vida escribí poemas. Uno de ellos se llamaba Porosidad, y es el germen de esta entrada. Les pongo en antecedentes. Yo ese verano estudiaba Hidrogeología y Matemáticas para los sempiternos exámenes de Septiembre, y fue un verano lleno de fórmulas y letras con subíndices de variado pelaje. La porosidad, si no lo recuerdo mal, era el volumen de vacíos entre el volumen total. Y esto se multiplica por 100, para que este en tanto por ciento. Pero había una salvedad, lo que se llamaba porosidad específica. La diferencia era muy importante, porque se distinguía entre los poros interconectados y los que no. A lo mejor todo esto le suena a chino. Les cuento. No es lo mismo una piedra pómez que cualquier porción de suelo que cojamos. La pumita flota en el agua. Una piedra que flota en el agua es para un niño —o para un adulto curioso— casi magia. Tiene una porosidad específica nual. Si metemos un trozo de suelo en el agua, al estar los poros interconectados se empapará, y antes de deshacerse, se hundirá inevitablemente, es cuestión de densidades. En la roca volcánica, como esos vacíos está presos entre el material son compartimentos estancos y por eso hacen que la densidad de la roca sea menor que 1 y flota como un balandro. Cuento este rollo para hacer una de esas analogías que si no son ciertas, a mí al menos me sirven para explicar un poco más lo que me ocurre, lo que nos ocurre. En realidad, nada está vacío, porque para eso existen unos gases que forman la atmósfera, esa capa que nos rodea y hace que estemos vivos. Todo es otra metáfora facilona (aunque el aparataje matemático de esta sea más elaborado que un plato de Ferrán Adriá).

Sentirse vacío es una sensación extraña y trágica. La mente, porosa y turgente a la vez, se vacía, y es como si un cuchillo nos atravesase las entrañas. Nos mareamos, lloramos, temblamos. Nada nos apega a nuestro receptáculo corporal de carne y hueso. Pero son momentos muy puntuales, en la mayoría de ocasiones. Gradualmente, si seguimos un proceso normal de instinto de supervivencia y apego a la vida, vamos llenando esos vacíos, con intereses, con anhelos y deseos, con perspectivas de futuro, con pequeñas alegrías y pequeños autoengaños, con lecturas, con cualquier cosa. La porosidad mental es tan agradable a veces, porque como si funcionáramos como un acuífero, podemos compartir nuestros vacíos rellenos con los vacíos rellenos, o no, de otras mentes. De ahí surge la empatía, la amistad, la complementariedad entre nosotros. Llenamos y nos llenan, y de ahí puede surgir la más infinita de las felicidades. Una de las partes divertidas de este intercambio es que existe una membrana mental que nos permite elegir con quien compartir nuestros veneros de amor, de risas, de ese tú a tú del intelecto. O sea, podíamos obviar a los gilipollas. Siempre hay gente tóxica que emponzoñará nuestros intercambios de vacíos rellenos, pero hay que hacer un esfuerzo para evitarlas y regenerar nuestros rellenos.

Pero… siempre hay un pero… ¿Y qué pasa con esas vacuolas sin interconexión en nuestra mente? Es fácil distorsionar los parámetros. Esa porosidad específica cero en nosotros es el vacío absoluto. Esa falta de todo, todos lo hemos sentido alguna vez, pero es en la enfermedad donde encuentra su nicho. Como hongos tras una copiosa lluvia de octubre, esa impermeabilidad crece y crece; nos hace aislarnos. Sería un error decir que no existe. Los que estamos un poco tocados sabemos lo que es que menosprecien o que minimicen nuestra dolencia, porque la mente hace suyo ese vacío tan enorme. Asimilamos nuestra enfermedad, nuestro vacío con nuestra propia existencia. Anoche sentí ese vacío durante unos momentos muy fugaces, y por eso escribo ahora todo este rollo. Pero enseguida lo minimicé con la idea de rellenar estos párrafos. Un verano, por cuestiones que no vienen al caso, me encontré tan vacío, tan vacío, que casi salto al ídem. No tenía los mecanismos de ahora, y a decir verdad mi vida no era tan fácil como la de ahora. En estos momentos, viejo, gordo, enfermo, blanquecino, casi alopécico, escéptico, soy más sabio. Sé que los esos espacios eternos entre estrellas pueden estar también en nosotros, pero no es más que una percepción, y muchas veces las percepciones que tenemos están tan hondamente distorsionadas por nosotros mismos que si no nos tomamos en serio mucho mejor. La gente que se toma muy en serio a sí misma corre el riesgo de cegarse con facilidad. Lo sé. He estado allí. No es que me haya tomado muy en serio nunca, pero mi sentido trágico de la vida puede fingir ese dispositivo.

Y es hoy, más que nunca, viviendo casi en soledad (elegida), mis vacíos son muy evidentes para mí, pero uno no siempre tiene que estar lleno, porque nos debemos adaptar a lo que hay. O elegimos con qué llenar esos vacíos, renunciando a otros contenidos, pero todo es tan cambiante y a la vez tan constante, en esta vida, que es un equilibrio entre Parménides y Heráclito; entre la inmutalidad del presente de uno y el cambio constante de otro. Esta vez, y sin que sirva de precedente le haré caso a Aristóteles y diré que en el término medio está la virtud. Aunque habiendo vicio ¿quién quiere ser virtuoso? 
Quizás yo en muchos momentos, en mi vida de cartujo impresor, con interludios más casquivanos. Mucho más divertidos y llenadores de vacíos, por cierto.


A lo mejor no soy tan sabio, y más pragmático de lo que me creo.


martes, 27 de septiembre de 2016

La metáfora torpe

Me cuentan que en la calle hace calor. Aquí abajo, en la sala de máquinas, hasta el ventilador, que hace algunos días zumbaba como un bicho en una mosquitera, permanece apagado. Suena la música y tan sólo la perturbación de la Xerox encendida perturba una paz que parece casi perfecta. Voy a apagar la máquina, a ver si quitamos el casi. No, no era eso, pero bueno, una cosa menos. Me cuentan que en la calle hace calor. Es significativo, me lo cuentan. Teniendo en cuenta que la calle está a un metro es que a lo mejor hoy no me interesa demasiado la calle. O el mundo. Como metáfora facilona está bien; es metáfora al fin de al cabo. Como si mi casa, mi imprenta heredada, que no es ni mía aún, estuviese rodeada de una disposición bilipídica enfrentada, como las membranas de las células que nos forman a todos los seres vivos —al menos a los eucariotas, que yo recuerde—, permeable a algunas cosas, impermeable, férrea protección, a otras. La curiosidad que otras veces significa incluso obsesión, se diluye en ese calor para cientos de sucesos que pasan ahora, a mi alrededor. Ya sea el calor —un enemigo terrible—, las habladurías de gentes que me importan bien poco sobre otras que ni siquiera conozco, esas noticias que vomitan los transistores y las televisiones, ese puñetazo en el pecho que es la coyunturalidad más anodina. 



Y mientras tanto en lejanos países, en este terruño nuestro, pasan cosas maravillosas, de las que me gustaría ser consciente, pero de la que no lo soy, porque ni soy un dios ni ganas; y lo más importante, pasarán aunque nadie se percate, porque no son tour de force para llamar la atención. Plantas que florecen entre embriagadores efluvios dulzones, leonas cazando una cebra vieja y achacosa, sherpas sonrientes bebiendo el té con leche de yak, los caballos sueltos, fibrosos y brillantes, en las estepas del Asia Central, viejos chinos que pescan con cormoranes, nevadas sobre el musgo de la roca viva en las zonas boreales o el parto de una orca, cosa que aún me parece extraña por pasar el animal del líquido amniótico de la madre, al líquido vital del cual venimos todos. ¿Por qué he de saber cosas que por mucho que a la larga me puedan afectar me desagradan tan enormemente? Hay cosas enterradas que me atraen más que ese espectáculo llamado Occidente. Por algo soy geólogo, claro. Lo que quiero decir, con mi torpe simbolismo, es que permanezco en la linde, en los límites del conocimiento cotidiano; a ese que le falta tanta verdad, a ese que percibimos deformado por intereses o las desganas de un tipo que se aburre en una redacción. Con la avidez del toxicómano, los yonkis de la noticia esperan, ansiosos, otro acontecimiento planetario, que todos los días sucede —inexorable— a las tres de la tarde en la pantalla del parte. Pensar más en los problemas que en las soluciones es un camino erróneo, y ahí si me apunto yo un palitroque en la pizarra de la idiotez. Lo mío es por otras causas, más próximas al autosabotaje, que al eterno escándalo de la indignación. Cada uno soporto su carga, supongo. Lo importante del meollo del asunto es si eres consciente de esta o no. No quiero parecer libro de autoayuda, Cthulhu me libre de semejante herejía, pero cuando más nos conocemos, menos nos la meterán doblada. ¡Qué inocente! —dirán algunos, aún más cínicos que yo—. No inocente —o no demasiado—, sino impermeable. La vida es un largo round en los que casi siempre eres el sparring —qué razón tenía el padre de Mafalda—, al menos haz una finta para que los puños que se dirigen a tus riñones o a tu mentón pasen sólo rozando. Si te esperas las cosas es mejor, y por eso aunque no he salido a la calle para ver el calor que hace, sé: primero, que nos aproximamos al veranillo del membrillo o veranillo de San Miguel; segundo, que en estas latitudes del globo, de un tiempo a esta parte, el calor dura hasta los Santos, y tercero, y más importante, soy un tipo caluroso, así que si me llama la atención que haga calor, incluso en el sol de invierno, es que aún no he aprendido una mierda.


Ya no les aburro más. Seguiré en mis tablas de Word, ese artilugio donde también escribo estas palabras, que en otro tiempo llegué a pensar que sólo estaba pensado para jorobarme a MÍ. Como el egocentrismo es un síntoma de mis cargas, lo resumiré diciendo que las tablas de Word son un coñazo para todos, para los que vivimos en la Luna de Valencia y para los que permanecen en el hilo de la noticia. Como ven, la vida al final, enrasa a todos, por algún turbio mecanismo.

domingo, 25 de septiembre de 2016

Algunas causas y efectos

Hoy, como todos los domingos, algo muere en mi interior —como en la canción de Maronda—. No hay nada por lo que preocuparse. Mañana, como un Ave Fénix de andar por casa, resurgirá de los rescoldos de un fin de semana atípico y extrañamente relajado, pero no exento de trabajo. La reseca de las vacaciones en Alicante ha sido una sensación aletargante y a la vez, sumamente viva. El regusto de paz y liberación de esta semana pasada fuera de casa no ha desaparecido por completo. Ni mucho menos. Lo que podía hacer sido un descalabro mental por un cambio a peor, no lo ha sido, y es porque —digo yo— al final estaré aprendiendo, pues aunque uno es lento y duro de mollera, también tiene sus cosas buenas.

Como ven vuelvo. Ha sido una decisión deglutida lentamente en las neuronas, pero sin atisbo alguno de presión. Tenía ganas de volver a escribir regularmente, y si espero a terminar mi historia interminable, esa novela de la Antártida que perderá mucha vigencia cuando a alguien se le ocurra llevar En las Montañas de la Locura al cine —Guillermo del Toro te miro a ti—, nos dan las uvas. Las uvas pasas —o directamente podridas— del año 2032 o por ahí. Soy consciente de que me cuesta escribir las cosas que me gustaría escribir, pero si esto sirve para darme soltura y determinación, bienvenido sea.


El título habla de causas y efectos. Una de las causas —bueno, dos— son mis grandes amigos Manolo, el Chivo, y Diego Cobito, el malo, que me reclama(ba)n, en parte por tener fuente de polémica, en parte por nostalgia de tiempos pasados, y en parte, porque son lectores —buenos lectores—, que volviese a la rueda de posts y comentarios. El efecto, uno de ellos, es esta entrada que espero que sea la primera de muchas. En el primero hice 512 en cinco años, y como piano, piano se llega lontano, voy a ver, con más ilusión que pesadumbre a donde llego esta vez.

Un ruego. Aquellos que me aprecian, léanme. Ya sé que el mundo ha cambiado desde el lejano 2012, pues han surgido nuevas formas de comunicación, a algunos les han crecido los chiquillos y las obligaciones, otros tendrán más tiempo por jubilaciones y otros descansos que la cruel vida da. Léanme. Si no lo hicieron antes, háganlo ahora. Denme esa oportunidad. Por supuesto, no les pido que si les aburre lo que cuento lo hagan; yo procuraré poner de mi parte para que no sea así. Y como un Fray Luis de León cualquiera… decíamos ayer…




El bochorno del otoño temprano se ha disipado con el ocaso. Rodeado de vetustas máquinas y de olor a tinta y a tóner, me dispongo de nuevo a hablar de siestas y sueños, a hacer poemas a nimiedades, pues la nimiedad merece sus odas como la transcendencia —si no más—; a escribir nuevas historias que no todos comprenden, pero que a mí me hacen gracia, a examinar el mundo bajo mi lupa distorsionadora, no siempre elegante, pero tampoco siempre engañosa. Volverán no las golondrinas, sino los golondrinos, los de mi mente ya cuarentona, carente a lo mejor de la frescura de antaño, pero más aplacada, ya no por la edad, sino por el aprendizaje de lo cotidiano. Cuando escribía el anterior yo era un estudiante con trabajos ocasionales, y ahora, que ya soy mayorcito, soy un autónomo como la copa de un pino, que paga impuestos y quisiera pensar que tengo cierta reputación de que soy bueno en lo que hago. Lo que hago es imprimir cosas. Es mi medio de vida, no una meta, ni una culminación. Es lo que soy —como en un anuncio de colonia—. Mis ambiciones, escondidas entre mis carnes, mis luchas diarias conmigo mismo y con los plazos del laburo, son más elevadas. Perdón, a lo mejor no es la palabra. Son más yo, más la sublimación de Mameluco en reducción de Miguel Morales, más pringá que caldo desgrasado, más yo que yo mismo. Pero para un señor poco ambicioso, las avaricias son como las sombras chinescas vistas parapetado en la caverna de Platón. Idealizaciones de un proceso que lleva a la autorrealización.

Como verán, no ha cambiado mucho esto. Escribo algo mejor —no demasiado— y divago aún más. 

Quisiera, por último dar las gracias a aquellos que me han dado la oportunidad de seguir escribiendo asiduamente estos años de blogs fallidos, por ser demasiado específicos. A saber: Fernando Márquez, maese zurdo de maeses que me invitó a andar por la Línea de Sombre; la incombustible Jimina Sabadú, que ha confiado en mí para proyectos preciosos; Julián Almazán que me deja meter cuñitas en sus exitosos fanzines; y por último Subcultura, una revista que me da tal libertad de movimiento y pensamiento, que me ha mantenido con la mente al sopesquete para escribir de cultura popular, siempre desde mi óptica, a veces desenfadada, a veces con el fervor del fan, siempre desde la militancia friki que me honro en atesorar.
Ea, a publicar. Como siempre, sin casi correcciones ni nada de eso, que se pierde la lozanía de la repentización.
Espero volver pronto.
Siempre suyo,
su amigo Mameluco.