martes, 1 de agosto de 2017

De vuelta (la segunda venida)


Cada vez que veo el verde en el que esto está escrito, de forma pavloviana, como casi sin querer, mis neuronas salivan una corriente que cruza loca mis menguantes brazos, terminando en el abismo de mis uñas comidas. Estos días, esta sensación se une a mi mono, mi maldito mono de Trankimazin, que tanto está removiendo, aquí y allá, y que goza, sin mesura y con regocijo, en este verano que arde, ahora menos en la oración. Las yemas rozan el teclado y un hormigueo —ya no metafórico— inunda el pellejo de los apéndices con sus reminiscencias de muñón, de órgano vestigial antiguo, de cola en humano del mono ese que ronda. Como podrán comprobar los que me leen desde las dársenas del tiempo, poco ha cambiado mi prosa por aquí, aunque este año haya sido, sin duda, el más revolucionario desde ni me acuerdo —quizá desde la primera intentona y consiguiente creación de mi burbuja—. Todo se queda en la apariencia… en mi apariencia. Aparezco más ligero de lorzas, mas lo de veras importante es que han desaparecido casi todas las zozobras y demonios. Ansiedad, depresión, distorsión y otros diablos cojuelos están aún muy vigentes, más por comparación que por presencia, por recuerdo de los días pasados en constante inquietud. Hoy, quieto, me percibo nítido y sapiente, robótico en mi encrucijada, con apenas sentimientos más allá de lo que alcanza la vista y tratando de no repetir, de no repetirme. Lo consigo en la vida, no en este escrito que como eterno retorno vuelve a los giros pomposos de eso que llaman estilo y que yo bautizaría —con sudor estival— como vómito negro sobre verde, raudal de tontería que me lo puedo permitir y grado de libertad de mi queja metida en cintura. Críptico a veces, bobalicón casi siempre, y endeble coraza —ya no tanto—, son los dones impertérritos que esta intentona depara. No sé qué esperarían ustedes tras esta retirada de meses —lejano octubre pasado—, pero he estado ocupado, y ahora que percibo asueto, me he decidido a darle gusto a los impulsos y hacer que el dedo que da en la tecla proceda sin tener beneficio, por el mero arte menor del blogueo y llenar huecos. Me repito, lo sé. Tampoco es tan grave, ya que no se puede condensar aquí y ahora los trabajos y las horas, los esfuerzos y fantasmas que han poblado esta aventura, terrible, lúcida, errática.
Los que me han ayudado lo saben, no es preciso mentarlos, porque cualquier chuminada escrita aquí se queda corta en cortesía. A los que no me han obstaculizado el paso, gracias. A los que por pasiva (siempre), desconocedores de cómo actuar para conmigo, han puesto algunas pruebas en el desafío, aún más agradecido, pues la reformulación constante, el permanente escrutinio del cerebro ha sido el verdadero motor de cambio. Y si nos ponemos así, al que me ha dado más por saco, infinitas gracias —pues— a mí mismo, maestro del sabotaje no consciente, petimetre que has dado más trabajo de la cuenta, pero al final vencedor por puntos, pero con su cinturón puesto en juego para revalidar el título cada día. Ese desdoblamiento, ya apenas percibido, es la agonía de las enfermedades mentales. Al principio amalgama alquímica, después Jeckyll y Hyde, three stooges más tarde y ahora Mameluco uno y trino, el bueno, el feo y el malo, I me mine de mi camino. Pronto hará un año —si es que no hacía tope ya hace más— de mi determinación por pasarlo menos mal. Un periodo provechoso, difícil, de happy end inacabado aún, pero con determinación a salir de una vez por todas. Aún falta, lo sé, pero es irrelevante. Aunque me muera mañana no me podré quejar de no haberlo intentado.


Al fin.

No sé si pronto más.
Siempre me podrán buscar por la línea de sombra .

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